Columna de opinión
Apenas dos meses, ese fue el tiempo que le tomó al gobierno de José Antonio Kast pasar de la promesa de una “mano firme” a un estado de desorientación que sorprendió hasta a sus propios simpatizantes. Lo que hoy vemos no es solo una caída en las encuestas, es el quiebre de un pacto implícito con la ciudadanía, la gente quería orden, tranquilidad, que las cosas funcionaran y en cambio lo que encontró fue una gestión errática, una desconexión profunda con lo que realmente le preocupa al país, y la sensación cada vez más fuerte de que quienes mandan no entienden la calle.
Los números hablan por sí solos y no dejan mucho margen para la interpretación. La última encuesta de La Cosa Nostra le da al presidente una nota promedio de 3,2, empatado en el último lugar del ranking histórico de gobernantes junto a Augusto Pinochet, difícil encontrar un referente más elocuente del fracaso político que ese empate. La encuesta Criteria del 10 de mayo confirma la tendencia, un 36% de aprobación frente a un 51% de desaprobación. No es un mal momento pasajero, es una caída libre sin red de contención a la vista, sin embargo lo más grave es que el desplome se produce justo donde Kast había construido su fortaleza electoral, la seguridad. En marzo, el optimismo ciudadano en materia de seguridad tenía un saldo positivo de +31 puntos, para abril ese número se desplomó a apenas +2,3, casi nada. La promesa de mano dura se esfumó antes de siquiera concretarse. En economía, la situación es aún peor: la expectativa de mejoría pasó a terreno negativo, lo que significa que la gente ya no cree que este gobierno pueda estabilizar su bolsillo lo cual es palpable ya en el precio de los combustibles; cuando un gobierno de derecha pierde la confianza en seguridad y en economía al mismo tiempo, pierde todo.
El gabinete no logra dar la nota, mientras ministros del gobierno anterior como Camila Vallejo hoy son recordados con notas significativamente superiores —un 4,67—, sus contrapartes actuales, como Mara Sedini, apenas rozan el 2,6. Incluso la ley estrella del Ejecutivo, la Ley de Reconstrucción y Desarrollo, es percibida por el 46% de la población como una medida que favorece a las grandes empresas y a los más ricos, esto no es una percepción arbitraria ni producto de la oposición es el resultado tangible de decisiones concretas que privilegian a los mismos de siempre.
Pero más allá de la gestión política, hay algo más profundo que este gobierno parece no comprender, Chile cambió, y lo hizo por debajo de la superficie, sin pedir permiso. El valor de la igualdad subió con fuerza del 22,2% al 32,5%. La libertad, eje central del discurso oficialista, cae drásticamente y la meritocracia, ese viejo cuento de que el que se esfuerza llega lejos, se ha agrietado la idea de que la riqueza proviene del abuso subió 11 puntos, mientras que el mérito se desploma como explicación del éxito.
Esto es lo que importa. Porque cuando un país deja de creer que la riqueza se distribuye por mérito y empieza a verla como producto del abuso, se abre una grieta que no se cierra con discursos ni con medidas de emergencia. Ya no se trata de pedir mejor gestión ni un gobierno más eficiente, se trata de algo más de fondo, la convicción creciente de que el problema no es quién ocupa La Moneda, sino el modelo mismo que La Moneda defiende, sin importar quién se siente en esa silla. Los trabajadores lo sienten en sus sueldos, las familias lo sienten en la cuenta del supermercado, los jóvenes lo sienten en la puerta que se les cierra.
Kast prometió orden y entregó caos, prometió autoridad y entregó desorientación, prometió que las cosas iban a cambiar y demostró que el cambio no viene de arriba. La pregunta que queda no es qué hará el gobierno para recuperar la confianza, sino si algún gobierno será apto para devolver la capacidad del sistema para dar esperanza a sus ciudadanos. Mientras tanto, en las poblaciones, en los sindicatos, en las calles, algo se mueve con la paciencia de quien ya no tiene nada que perder.
Marcelo Leandro Yáñez Rojas
Director Diario El Norte

